Bienvenidas a mi Ajelarre, 36 x 43 cm de aplique, bordado a mano, punto a palillos de dientes (!) y acolchado. Ya tiene unos años, pero como mi actividad bloguera ha sido más bien inconsistente se había quedado en el fondo de la olla a la espera de que le pusiera palabras.
jueves, 6 de noviembre de 2025
Ajelarre
miércoles, 19 de julio de 2023
Alas pequeñas para un largo viaje
El año pasado fue complicado a nivel personal y desastroso a nivel creativo. Mi salud mental me dejó tiradísima y durante meses no tuve ganas de nada; las ideas me sobrevolaban de cuando en cuando como estrellas fugaces y como tales se desvanecían antes de que fuera capaz de convertirlas en algo. Entrar en el taller y enfrentarme a esa mesa llena de proyectos a medias cogiendo polvo tampoco era un plan que me apeteciera demasiado.
Aun así, algunos días me esforzaba en dar un par de puntadas por aquí y por allá -remates, zurcidos, cosas sencillas-, pero ésta fue la primera pieza consistente que empezó a tomar forma tras el letargo, al principio juntando retalitos sin demasiada convicción y, m u u u y p o c o a p o c o, añadiendo, probando, inventando de nuevo.
Seguimos volando
jueves, 29 de abril de 2021
Verano del noventa y algo
Cuando pienso en los años noventa -en mis años noventa- mi memoria parece haber registrado casi exclusivamente recuerdos de verano, como si por aquel entonces todo el tiempo fuera agosto, un mes tras otro. El verano era ese momento mágico en el que cualquier cosa podía suceder, un videoclip de más de tres meses de duración lleno de escenas que atesorar durante el resto del año, cuando las únicas pruebas fehacientes de su existencia eran la pulsera de hilo hecha a mano -ya ligeramente mugrienta- que colgaba de tu muñeca y unas cuantas fotos con acabado brillo llenas de huellas de dedos.
En aquellos días todo giraba en torno a compartir. Compartir el calor infernal bajo un árbol, compartir los secretos-como-lo-cuentes-te-mato, compartir los aburrimientos adolescentes, los libros y las revistas, las cintas de cassette, los negativos de las fotos, el esmalte de uñas, la siesta con la música de la radio muy bajita.
Antes de coser, dibujaba. Hace unos años hice este dibujo como punto de partida para un collage en papel que no llegué a terminar, y en una de esas veces que, revolviendo las telas del taller, se forma la combinación ganadora ante mis ojos, la idea original dio un par de saltitos y se zambulló de cabeza en el costurero.
El resultado fue este collage textil en formato mini quilt de 19 x 21 cm; puntada a puntada, pieza a pieza, he ido acercándome hasta convertirme en una devota del acolchado, de su proceso y su textura. Estoy descubriendo el trabajo de artistas de esta técnica como Amanda Nadig o Coulter Fussell, que en nada se parece a la idea que tenía hasta hace pocos años de las colchas de retales. Ahí fuera hay montones de valientes desafiando los decálogos y animándonos a su vez a atrevernos y quizá a insuflar valor a otras personas en una rueda sin fin; miles de puntitos en el mapa ayudándose entre ellos a desaprender, a soltar ideas-lastre que no les sirven. Volver a compartir, cansados de tanto competir.
Las texturas
LAS TEXTURAAAS
Un día de principios de primavera me llevé el collage al campo para darle los últimos toques y tuve la sensación de que todo lo que quería hacer era eso, coser bajo el sol. Ser solamente una persona que cose o -qué atrevida- ser solamente una persona.









