jueves, 2 de mayo de 2019

Declinación del verbo zurcir

Zurcir. Qué palabra más antigua; yo zurzo, tú zurces, él/ella zurce. Es como si perteneciera a una lengua muerta, la de aprovechar los recursos y alargar el máximo posible la vida de los objetos que nos acompañan en el día a día. Pero hace mucho tiempo, antes de los paquetes de calcetines a tres euros y la moda rápida, cuando una prenda mostraba signos de desgaste no se arrojaba a la basura y se iba corriendo a por otra: se zurcía, se remendaba, se reparaba. Entonces primaba la economía, una preocupación que nos sigue afectando pero a la que hoy sumamos otro factor: la sostenibilidad. Piensa en todas las toneladas de ropa que hay en este momento en el planeta: puesta, tendida, en los armarios, guardadas en cajas, en rastrillos, en las tiendas, en almacenes, en contenedores que cruzan el mapa de punta a punta, en las fábricas... Es inabarcable.

Y se sigue haciendo más ropa, en su mayoría de dudosa calidad. Y la seguimos comprando porque es barato y divertido, pero cuando deja de ser divertido la tiramos y vamos a por más porque sigue siendo barato. Barato para el consumidor, claro; recuerda siempre que el resto lo está pagando alguien con sus derechos laborales. Pero las consecuencias de la producción masiva y descontrolada, este mar de residuos que habitamos, lo paga el planeta entero: por la falta de regulación en los materiales y los procedimientos, por la imposibilidad de asumir y gestionar tal cantidad de textiles y porque con cada compra estamos diciendo que sí, que nos parece bien y que queremos más.

No se trata de dejar de consumir, se trata de hacerse preguntas: ¿cómo y de qué está hecho? ¿qué estoy apoyando con mi compra? ¿qué alternativas tengo? ¿qué pasará con éste producto cuando ya no me sirva?










Es un tema del que podría hablar largo y tendido porque me interesa muchísimo, pero lo que hoy me ocupa son las pequeñas acciones que están surgiendo entre los consumidores, gente como tú y como yo que deciden que, si hay algo que esté en su mano para participar en la menor medida posible de este despropósito, lo van a hacer. 

Hace cosa de un año yo no sabía zurcir; hacía mis remiendos, unos más toscos que otros, hasta que empecé a ver en las redes que el zurcido está mucho más vivo de lo que pensaba, y que tenía ante mí una oportunidad de aprender a ser más autosuficiente y montones de posibilidades. ¿Habéis oído hablar del zurcido visible o visible mending)? No se trata de reparar la prenda discretamente para que nadie sepa que llevas ¡oh! ropa remendada, sino todo lo contrario: el defecto se personaliza, se convierte en foco de atención, se eleva a la categoría de arte. Me parece una acción poderosísima. No nos avergüenza remendar nuestra ropa, nos avergüenza el consumismo desaforado, y llevamos la bandera puesta.




¿Agujeritos y manchas? Nada que unas margaritas bordadas no puedan solucionar 


Y cada vez somos más. El sábado pasado estuve en Monda en la celebración del Fashion Revolution Day, un movimiento global que pone el foco en las prácticas abusivas de la industria textil, reclamando más transparencia y promoviendo alternativas sostenibles para la sociedad y el medio ambiente. Era un evento a muy pequeña escala, un salón no demasiado grande por el que a lo largo del día desfilaron personas de todas las edades para participar en una serie de actividades relacionadas con el consumo consciente: intercambio de ropa usada, talleres de reutilización de prendas, proyección de un documental sobre los entresijos de la industria textil, debates espontáneos. Acción directa. Economía circular.





Mis armas: una lata de galletas, tijeras, aguja e hilo


Nada alimenta más al sistema que la idea de que no tenemos más opciones; y serán pocas, serán pequeñas, pero las tenemos y estamos aprendiendo a usarlas. Avisados quedan.


jueves, 25 de abril de 2019

Lady Papaver rhoeas

Si alguna vez habéis cortado una amapola porque queríais llevárosla a casa, habréis visto cómo inmediatamente se marchitaba y se le caían los pétalos. Yo lo hice alguna vez de pequeña y no tardé en captar la indirecta; esta flor no se anda con chiquitas. Por ahí dicen que es una señorita muy delicada, pero nada más lejos de la realidad: ella es silvestre, salvaje e indomable, lo suficiente como para no plegarse a ser cultivada contra su voluntad ni a participar en arreglos florales que ella no ha decidido.





Crece donde le da la gana, a ser posible cerca de cultivos donde peleará por hacerse con los nutrientes de la tierra si es necesario. Florece roja rojísima sin miedo a destacar y, si alguien osa cortar su tallo y su libertad, será tal su indignación que se deshará delante de sus narices. Y mira que la han llamado novia del campo y le han hecho proposiciones de matrimonio, pero ella no se casa con nadie.






Incluso cuando tratan de reducirla con herbicidas, ella resiste e iza su descarada bandera roja cada primavera. Mala hierba la llaman, pero poco le importa la fama que tenga, ni siquiera cuando la confunden con su opiácea prima, la adormidera, ¡menudas risas se echan las dos a nuestra costa!





Así es ella. Y así la he retratado yo.




¡Feliz día y apreciad mucho las flores!


jueves, 18 de abril de 2019

Martín Pescador

Cualquiera que me conozca un poco sabe que me encantan los pájaros; no sé exactamente cuándo ni cómo empezó a apasionarme el tema, pero tengo claro que el mundo es un lugar mucho más divertido desde que puedo distinguir y nombrar a las aves que voy encontrando por el camino. Por eso no es de extrañar que sean un motivo recurrente cuando me pongo a coser; he retratado al cormorán, al cernícalo, al pinzón, a la gaviota, al petirrojo... Todos ellos pájaros que he visto en alguna ocasión.

Pero nunca he visto un martín pescador. Cuando estoy cerca de un río o lago albergo la esperanza de avistar una manchita azul brillante entre las ramas, pero es una criatura bastante esquiva y hasta la fecha no ha habido suerte. A veces fantaseo con hacer mi gran año a muy pequeña escala: buscar rabilargos en El Burgo, acampar en la Serranía de Ronda para ver al búho real u observar a las aves migratorias a su paso por el Estrecho. Y seguir buscando al martín pescador en los humedales.




Cuando lo garabateé por primera vez en la libreta tenía en mente hacer un muñeco, pero en el momento de hacerlo estaba leyendo un libro interesantísimo sobre ilustración textil y la idea dio un giro. El fondo está hecho mediante un collage de telas, tul y pequeñas puntaditas que simulan surcos en el agua, y el martín pescador es una combinación de apliques y bordado.






Y esto es lo que andaba haciendo en la entrada anterior: una larga cinta hecha a base de retales para enmarcar la pieza. Una vez cosida algo no encajaba, así que dejé el proyecto aparcado durante un tiempo; a veces es lo mejor. Cuando al fin lo retomé, volví a colocar la cinta, la cubrí con motones de puntaditas de colores y quedó resuelto. Ahora me siento definitivamente reconciliada con la combinación de azul y naranja, que antes me repelía.




Su nombre en inglés es kingfisher, literalmente rey pescador. Larga vida al rey.


martes, 9 de abril de 2019

Mi alfombra multicolor

Me parece fatal que a estas alturas todavía no os haya hablado de mi alfombra multicolor, porque es estupenda. Y es que era un proyecto que, cual si fuera una pegadiza canción del verano gestada en los turbios fondos de una multinacional, tenía todas las papeletas para el éxito: está hecha enteramente de materiales reutilizados, ha supuesto un reto a mi paciencia y habilidades y cumple su función a las mil maravillas.



Eh, los hilos sueltos son parte de su encanto

Podría decir que es simplemente una alfombra de trapillo, pero es una de esas palabras que me caen regular y que, además, desmerece a mi ovillo tan amorosamente confeccionado a partir de camisetas viejas, leggins desgastados, medias y calcetines agujereados y algún que otro retal. Ésa es mi parte favorita: haber podido transformar todas esas prendas que ya no podía usar en algo nuevo y útil. Además, muchas de ellas me han acompañado en momentos especiales y es como contemplar un álbum de recuerdos tejidos: la camiseta que llevé a aquel festival, la que compré cuando fui por primera vez al Rastro de Madrid en el apogeo de mi fase neohippie, el pijama que me acompañó tantos veranos. Me temo que la palabra trapillo se queda corta a la hora de describir todo eso.

 



Las dos fases del ovillo: creciente y lleno

Cuando me pareció que tenía un ovillo lo suficientemente grande -ilusa de mí; aun quedaba mucha tela que cortar- comencé de la única forma que conozco: aprendiendo sobre la marcha. Mis conocimientos de ganchillo son muy básicos, y hasta el momento solo había hecho florecitas siguiendo las instrucciones de éste libro, así que a las pocas vueltas de empezar me encontré con que mi incipiente alfombra se convertía en un cuenco. Si hacéis ganchillo experimentado y estáis leyendo esto es posible que os dé urticaria mi método de trabajo, pero después de bucear en internet buscando una solución a mi problema, lo que me resultó más útil fue un tutorial que sugería ir aumentando puntos de forma intuitiva. Intuitiva. Nada podía apelar más a mi corazón y mis dedos anárquicos que esa palabra, y lo cierto es que dio buen resultado.




¿Qué es todo ese festival de telas naranjas y azules? ¡Os lo cuento en la próxima entrada!

Ah, qué felices somos mis pies y yo con nuestra colorida y relativamente confortable alfombra: nos protege del frío suelo en los meses invernales y nos brinda ratos de lectura y costura junto a la puerta de la entrada los días que el sol calienta. Y residuo cero, siempre.


jueves, 4 de abril de 2019

Oda al compost: viva la basura viva

Nuestra compostera acaba de cumplir su primer año de vida. Una mañana como otra cualquiera de principios de abril arrojaba con absurda ilusión un puñado de hojas y cáscaras al fondo vacío de un cubo con agujeros.



Mi compostera es bastante menos bonita que ésta; quizá haga otro parche que refleje el modelo cubo de pintura reutilizado


Rebobinando una semana atrás, la idea de compostar residuos me parecía una de esas cosas que hacen otros; no porque no me pareciera genial, que me lo parecía, sino porque pensaba que era complicado, que requería disponer de un pequeño trozo de tierra, que necesitaría comprar un aparatoso cajón, que luego habría que dar salida a la materia compostada... Hasta que un día me dio demasiado cargo de conciencia tirar unas peladuras de verdura al cubo de basura sabiendo que podían y debían volver a la tierra y me animé a informarme un poco para considerar qué opciones tenía. Y vaya si las tenía. Un patio semicubierto y un cubo de pintura de 15 litros al que hicimos agujeros en el fondo y el contorno fue todo lo que necesitamos para empezar.



De residuos de la cocina a sustrato de alta calidad, ¡la magia del compost!


Durante todo este año hemos ido aprendiendo a base de ensayo y error: añadimos un cajón con tierra (que no es más que otro cubo de mayor circunferencia cortado) para ponerlo debajo y drenar los líquidos, y también una maceta grande que hace de compostera secundaria donde depositamos la materia que está prácticamente lista para que termine de descomponerse sin la adición de nuevos residuos; así dejamos espacio libre en el cubo principal. Ahora estamos trabajando en equilibrar la parte seca (hojas, papel, cartón, cáscaras de frutos secos), que está un poco baja con respecto a la parte húmeda (pieles frescas de frutas y verduras) para deleite de las babosas y las mosquitas de la fruta. Y a estas alturas puedo afirmar que no solo es una de las mejores decisiones que hemos tomado en casa, sino que nuestra pequeña compostera es una más de la familia, un ser vivo que cambia y se comunica a su manera y te hace regalos inesperados, como estas tomateras que aparecieron cuando intentábamos cultivar ajos. 





Otra que también andaba preguntándose de qué y de dónde le había crecido una tomatera en su patio es mi amiga Eva Cotilla Cósmica, hasta que caímos en que meses atrás le había regalado una bolsita de compost que, al parecer, venía con sorpresa. En ese momento dudé si era apropiado regalar algo así, pero eso no hace más que confirmar mi idea de que todavía tengo mucho que desaprender.



La tomatera lustrosa de Eva


 ¿Y nuestro antiguo cubo de basura? Pues ahí está, llenándose a velocidad ridícula con el polvo y la pelusa de barrer la casa, algún pequeño objeto no compostable ni reciclable y poco más; como veis, toda una panoplia de ventajas. Si os pica la curiosidad no tenéis más que hacer una búsqueda sobre composteras caseras o compostadores para espacios reducidos, si es vuestro caso. Merece la pena considerarlo.

¡Viva la basura viva!


martes, 26 de marzo de 2019

Dibujar con hilos

Han pasado muchas puntadas desde la última vez que escribí por aquí. Tantas, que casi he terminado uno de los ¡cinco! libros textiles en los que voy trabajando a ratos; éste comenzó con un cuadradito de tela que hice para probar algo inspirado en la técnica japonesa boro, y cuando quise darme cuenta estaba construyendo una mini, mini historia.





A menudo pienso en cómo ha cambiado mi relación con la tela. Hace muchos años, antes aun de comenzar este blog, hacía un tipo de broche que tenía unas pequeñas piernas. Acostumbrada como estaba a coser fieltro, la tela me planteaba nuevos problemas, como el deshilachado; recuerdo cómo cosía las piezas del revés, sobrehilaba los bordes y, no contenta con eso, los encolaba. Me obsesionaban la pulcritud y la simetría. A mi yo de entonces le parecería tremendamente salvaje toda esta anarquía de texturas, hilos al viento y puntadas desiguales, y eso me gusta.




Aun tengo que hacer la portada y la contraportada, montar las páginas y estudiar la forma de encuadernarlo todo, pero el grueso del trabajo ya está listo y me siento satisfecha. O más bien ilusionada. Me ilusiona trabajar en ilustraciones textiles, crear imágenes, paisajes, escenas a partir de retales muy pequeños. Dibujar con hilos.

Espero poder enseñaros pronto éste y otros proyectos de ilustración textil. ¡Buen día!

sábado, 14 de abril de 2018

Marzoabril

La Primavera en Andalucía es muy corta. Me gusta escribir Primavera así, con mayúscula, porque las estaciones son como seres vivos con su personalidad bien definida y siempre parecidas pero diferentes a las del año anterior, probablemente porque nosotros avanzamos siempre parecidos pero diferentes a través de ellas. 

Decía que la Primavera por aquí abajo es corta, o al menos es más corta de lo que yo desearía. El frío del Invierno, que hace que se me encoja el ánimo y me duela la piel, se alarga y a ratos parece que se quedará aquí para siempre como en una de esas películas apocalípticas con moraleja sobre el calentamiento global. Por suerte, y por ahora, no es así, y los días templados llegan y hay paseos y flores y todos los bancos de todos los parques y plazas te piden que te sientes en ellos. "Mañana", dices, pero en uno de esos mañanas el paisaje se habrá vuelto amarillo y seco y las callen arderán hasta la noche. No lo digo con pena: me gusta muchísimo el Verano. Pero, antes de llegar a ese punto, necesito pasar por un proceso de transformación que suele darse en Primavera y que este año ha sido especialmente intenso. 





Los últimos meses han sido tan fríos -todo lo fríos que pueden ser aquí en el sur- que se me helaron hasta las ganas y estuve más de un mes sin coser, por primera vez en más de una década. Lo intenté un par de veces pero mi ansiedad se disparaba. Me costaba un mundo organizarme. Me desilusioné, así en general. No era solo el frío, claro, pero tuve mi propio Invierno. Decidí no forzar las cosas ni pervertir la creatividad con inercia. Acepté un trabajo adicional en el que pudiera funcionar de forma más automática y me limitaba a hacer lo básico y necesario y a leer Crimen y castigo. Pensé mucho y a la vez traté de no pensar en nada. Tomé nota de las cosas que de verdad llamaban mi atención pero las miraba desde fuera, desde lejos. Supongo que no era más que una de esas fases de reajuste que tenemos todos, pero cuando estás dentro se hace larguísima.

 


Si quieres algo, déjalo libre, y eso hice. Con los primeros rayos y los primeros arcoiris en la pared del taller, las cosas se fueron acomodando y fui tomando la iniciativa poco a poco. Me daba cierta tranquilidad retomar proyectos personales que había ido dejando aparcados; algo que me permitiera experimentar sin presiones. Volví a sacar la colcha de retales de flores y la rematé justo a tiempo para estrenarla en un picnic playero con amigos de email y carta que se materializaron como por arte de magia ante mis ojos (¿no os da esa sensación cuando al fin os encontráis con alguien a quien habéis conocido en internet?). Fue perfecto, y perfecto fue el momento en que llegó.






La colcha sigue siendo un proyecto en curso: hice la base y ahora le voy añadiendo apliques, bordados, detalles que tengan un significado real para mí. Esta luna, por ejemplo, la hice justo un año atrás en la playa mientras esperaba para ver la Luna rosa de Abril.




Cuando vamos al campo, meto la colcha en mi bolso gigante y continúo añadiendo puntadas en cualquier lugar; en Semana Santa me senté a bordar junto a un río con una enorme cascada a mis espaldas, en el Charco de la Caldera de Jorox. Cuando fuimos a celebrar nuestro aniversario el pasado Septiembre estaba todo seco. La verdad es que Jorox, tan pequeñito él, merecería una entrada aparte.




Últimamente la Providencia ha ido poniendo en mi camino varios retales sin dueño y voy a añadirlos a la colcha para hacerla más grande. Éste de color mostaza lo rescaté en aquel picnic en la playa, así que trataré de traducir en hilos lo que significó ése día para mí. Recuperar materiales es uno de los propósitos que han ido haciéndose más cada vez más claros; retales de todo tipo, de todo tamaño. Propósito. Era algo que me venía faltando meses atrás y que estoy recuperando a base de desaprender. Se aprende mucho desaprendiendo. 




He retomado otro par de proyectos y uno incluso lo he terminado esta misma semana. Otro día os cuento. Feliz Primavera.