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jueves, 1 de abril de 2021

Arenaria interpres

Nunca antes había pasado tanto tiempo sin ir a Cádiz: más de un año ya, y sumando. Las restricciones por una parte y la prudencia por otra, ya sabéis. Cada cual tiene su propia historia pandémica. La última vez que estuve -en las navidades de 2019- me traje un montón de tesoros, la mayoría de ellos encontrados en la playa, pero también retalitos que me guarda mi madre y los cordeles de algodón de las bolsitas de té que me preparaba para tomar en un banco de la plaza o en la azotea.



Y con todos ellos construí esta pieza que fue terapéutica durante las pasadas navidades, tan raras y desvaídas. La tela del vestido la encontré en una poza de marea, muy deteriorada y teñida por el mar pero con su estampado de flores aun visible; por las pequeñas marcas que hay sobre el dibujo pudo ser un pañuelo bordado. Cuando mi madre me vio llegar con aquel trapo mugriento me preguntó que qué iba a hacer con eso. ¡Mira, Mamá, he hecho una muñeca!



  

Ahora se pasean por ella los vuelvepiedras (Arenaria interpres), unas aves pequeñitas que corretean veloces cerca de la orilla y que, haciendo honor a su nombre, vuelven las piedras del revés en busca de alimento, al igual que yo las vuelvo y me asomo a las pocitas esperando encontrar algo asombroso como un botón.





Me costó menos bordarlas que fotografiarlas, ¡cómo corren!


Braulio suele acompañarme en mis aventuras costeras y casi siempre volvemos a casa con un buen botín. Antes recogíamos conchas, pero decidimos dejarle al mar lo que es del mar y tomar lo que nos devuelve con belleza multiplicada, como fichas de parchís (esto nos hace mucha gracia), aparejos de pesca, piezas que no sabemos muy bien para qué sirven o retales minúsculos. Algunos los usé para hacer un corazón muy especial que cosí a ratos en la playa.





No veo la hora de asomar de nuevo la naricilla al Atlántico y encontrar cosas misteriosas y también reencontrarme con todo lo que dejé allí.



sábado, 7 de mayo de 2016

Braulio y yo

La última vez que estuve en Cádiz fui a la playa con Braulio, el ratoncito buscador de conchas. Nos levantamos temprano para poder explorar las rocas que la marea baja deja al descubierto y que albergan montones de pequeñas y fascinantes pocitas. La bajamar es una de mis cosas preferidas del mundo, podría pasarme horas saltando de roca en roca y asomándome a observar los mundos submarinos en miniatura que se forman entre ellas.




Hicimos un par de amigos marinos y les echamos una mano trasladándolos cuidadosamente desde las rocas donde se habían quedado varados hasta la poza más cercana. Fue mágico ver cómo, al sumergirse en el agua de nuevo, cambiaban su aspecto extraño y viscoso por unas figuras de vivos colores que se movían elegantemente. Supongo que nos pasa a todos, que mostramos nuestro verdadero brillo cuando estamos en nuestro elemento.




¿Sabíais que las estrellas de mar son capaces de regenerar los brazos que pierden? Ésta era la primera estrella de mar que veía de cerca y no estuve segura hasta que la vi sumergida y pude apreciar sus cuatro nuevos bracitos. La foto no hace justicia a sus bonitas espinas azules, ni tampoco a los tonos verdes y rosas de esta anémona u ortiga de mar, ¡son hipnóticas!




Tras despedirnos, Braulio y yo proseguimos nuestra pequeña excursión rodeados de cangrejos ermitaños, cormoranes que secaban sus alas al viento y misteriosos crujidos y chapoteos. Y de repente, un destello azul: ¡un tesoro! Este botón del mismísimo color que el gorrito de Braulio debía de llevar años y años surcando los mares, a juzgar por su aspecto. Me encanta el azul, me encantan los botones y me encantan los tesoros marinos, así que podéis imaginaros lo feliz que me hizo el hallazgo.






También hubo tiempo pasa coser un poco. En ese momento estaba terminando de leer El rumor del oleaje de Yukio Mishima y me animé a bordar una frase que me gustó especialmente. A veces, cuando paso unos días fuera, me gusta llenar una bolsita con algunos retales e hilos y tratar de improvisar algo con lo que tenga; es una buena forma de ejercitar la creatividad y de calmar mi mente y mis manos inquietas en los ratos en que no ando explorando por ahí.




Tengo que hacerle una visita al mar pronto, quizá cuando pasen estos días de lluvia. Seguro que Braulio se apunta sin dudarlo.


¡Feliz fin de semana!