jueves, 23 de abril de 2026

Las muñecas salvarán (un poco) el mundo

He estado haciendo muchas muñecas: pequeñas, improvisadas, por el puro gusto de hacerlas pero también por el placer de su compañía. Porque es un hecho que las muñecas acompañan, y la Historia nos demuestra que su papel no se limita a la infancia y sus juegos; sirvan de ejemplo las muñecas funerarias Chancay o las muñecas boudoir. Figuras lo suficientemente parecidas a un ser vivo como para darte calor, lo suficientemente irreales para ser sin límites; la mente es capaz de cosas extraordinarias en ese limbo entre la realidad y la fantasía, y no es difícil comprender por qué estos pequeños objetos con forma humana se convierten en un catalizador, un receptor de nuestros miedos y deseos que buscan transformarse en otra cosa.




Mi uso suele ser algo más prosaico. O no. En absoluto. Me las llevo por ahí, les hago fotos, las presto o simplemente las tengo a mi lado mientras hago algo. Soy una mujer adulta con muñecos en el bolso y no me avergüenzo de ello. Hace años intentaba hacer muñecas cuanto más grandes mejor, pero ahora prefiero este formato reducido que me da más libertad para apañármelas con los materiales que tenga a mano y permite que se puedan llevar a cualquier lado, en cualquier parte. Me gusta el juego que dan y que a su lado los objetos cotidianos se transformen en lo que necesiten: una sillita hecha con el alambre del cava, una taza de capuchón de bellota, una cama de cartón, un pedacito de tela convertido en manta. Así debería ser el juego: el mundo como un inmenso cuarto de los juguetes.




Son, además, todo un campo para la experimentación. Hasta hora he hecho muñecas con piernas articuladas, he probado la técnica de rollito, he hecho mi primer muñeco tejido e incluso probé a hacer una entretejiendo hojas secas de una planta. Las he rellenado de floca o de recortes o las he dejado planas y acolchadas. ¡Y aun quedan tantas opciones! Cartón, semillas, palitos y pedacitos de madera... Ojalá más gente supiera que para hacer una muñeca no es necesario tener conocimientos ni materiales específicos, basta con la voluntad de jugar y saberse libre en el juego. Tal vez por eso parezca difícil; creemos que hay una forma correcta de hacer las cosas, y en el juego no la hay: se juega, y si todas las partes se divierten es que se ha hecho bien. Eso quiere decir que nunca hay muñecas mal hechas, porque ¿quién va a hacer una muñeca de mala gana? La ternura es el componente principal en la confección de una muñeca, por eso es un saber, o un compendio de saberes, que debe ser transmitido y fomentado. Zobeyda Jiménez, muñequera venezolana y uno de mis grandes referentes, habló largo y tendido sobre ello, dio conferencias, escribió libros e incluso redactó un manifiesto, tan serio es el juego; serio entendido por la RAE en su cuarta acepción como algo "real, verdadero y sincero, sin engaño o burla, doblez o disimulo". La honestidad de las manos haciendo tangible algo nacido en otra dimensión que solo a veces vislumbramos.


Si has perdido la fe, haz una muñeca.


Empieza donde estás. Usa lo que tienes. Haz lo que puedas.

                                                                            Arthur Ashe

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