jueves, 2 de abril de 2026

Repoblar

Repoblar. 108 x 103 cm. Cosida, bordada y acolchada a mano con materiales donados y/o encontrados.



En la entrada anterior hablaba de nuestra parcela y del aprendizaje que está suponiendo el observar de forma continuada cómo funciona la Naturaleza a nuestro alrededor, con o sin nuestra intervención. La palabra regenerar, que estuvo presente desde un principio -incluso antes de dar con el sitio, cuando nos topábamos con tremendos secarrales- se ha ido abriendo paso hasta ponerse al frente y al centro; pero sin duda una de las palabras que más hemos oído en estos años ha sido repoblar, y ambas van, o deberían ir, de la mano.




Repoblación, España vaciada, vuelta a lo rural, descentralización, oportunidades de emprendimiento... son conceptos que venimos escuchando desde hace tiempo y no quiero disertar sobre ello porque es un tema con demasiadas dimensiones y recovecos, pero sí puedo decir que ahora tengo algunos datos de primera mano que me dan una perspectiva más amplia sobre el tema. Y antes de continuar siento que debo hacer dos aclaraciones: la primera es que mi participación en el entorno rural (un pueblo relativamente remoto de menos de 500 habitantes) es muy habitual pero no continuada; la segunda es que desde el principio mi planteamiento fue bastante realista y alejado de romanticismos sobre la vida en el campo, porque aquí una poetiza pero no romantiza. Esto significa que no me he llevado grandes decepciones, pero sí estoy confirmando grandes realidades; y éstas podrían resumirse perfectamente en las palabras de una mujer de un pueblo vecino con la que charlamos un rato, y que venían a decir que la estrategia principal no debería ser atraer población nueva a esos lugares, sino mejorar la calidad de vida de quienes ya están allí para que no se marchen.

Boom.



Me quedé tiesa como este arrendajo


Repoblar es mucho más que aumentar el censo; al igual que sucede con el suelo, no se puede pretender que algo prospere en una tierra empobrecida. Algunas de las tácticas que se plantean son más bien superficiales -el turismo, la estética, el cómo se percibe el lugar desde fuera para atraer visitantes, residentes e inversores-, pero sin regenerar la base resulta complicado. La gente no necesita más #bésameenestaesquina pintados en las calles ni más lavados de cara que se reproducen como franquicias por todos los pueblos de interior. Aspectos como la identidad, la comunidad y una cierta independencia en materia de servicios básicos son clave. Y, a una escala menor, los núcleos rurales están sufriendo problemas muy parecidos a los que aquejan a las ciudades. Las largas manos del capitalismo también suben montañas.



Éstas son algunas de las cuestiones que me planteaba mientras cosía este tapiz (luego vinieron muchas más, no me iba a quedar yo tranquila). No se trata de anclarse al pasado, sino de recuperar lo que sí funcionaba, lo propio, sin barnices ni planes diseñados en un despacho que acaban dejando un regusto a sucedáneo. Devolver el poder a quien nunca debió dejar de tenerlo. ¿Cómo?



Como dije antes, es un tema complejo y no tengo todos los datos ni mucho menos las respuestas, solo un montón de preguntas que crece a medida que aprendo a abordar las cosas con honestidad y a dejar espacio para equivocarme. ¿Qué hay realmente detrás de mis ideas preconcebidas?¿Qué podría aportar yo? ¿Qué significa pertenecer? ¿Qué estoy perpetuando, para bien y para mal? En fin, una debe llevar el peso de sus decisiones, y yo decidí hacer una almazuela de pana que pesa una tonelada, pero aquí hemos venido a experimentar sin garantía de éxito. Y eso ya es un éxito en sí mismo.