El camembert hay que sacarlo de la nevera con el tiempo suficiente para que el centro se derrita un poco, que quede fluido, coulant. Lo leí hace años, lo probé y de ahí ya no me baja nadie. Hasta merecía la pena bordarlo, y así lo hice en esta pieza que titulé Vienen. 61 x 35 cm. Aplique, bordado, acolchado y punto a dos agujas; todo a mano.
Cosí esta pieza durante el verano de 2024 a partir de una merienda real con amigos. Yo tenía runrún por dentro -no hay más que verme la carita- pero puse todo mi esmero en apañar una mesa primorosa con un ramillete y preparar algunas cosas ricas, ¿por qué no? Estar preocupada, enfadada o, bueno, jodida así en general no debería ser incompatible con echarle un poco de encanto a la cosa. De hecho, diría que es incluso recomendable, y que la dedicación debe ser directamente proporcional al nivel de fastidio. No va a solucionar el problema -de eso ya nos ocuparemos cuando toque-, pero al menos nos va a reconfortar y cuando una está reconfortada es mucho más fácil (y sensato) tomar decisiones. Acción, belleza y amor contra la desazón.
Todo lo que usé fueron materiales recuperados, como es habitual. La tela azul marino es parte de un pantalón y quise respetar su forma tal cual era. Hay retales de vestidos de mi madre y de mi amiga Elena, y una pulserita con la bandera española que encontré en la playa y a la que añadí un pedacito de tela de flores. Creo que hasta la lana roja fue donada. Cuando hube terminado me di cuenta de que al colgarla quedaba irremediablemente torcida, y después de muchas vueltas decidí que me encantaba así. También yo estaba torcida ese día y celebrar aquella merienda fue la mejor decisión.
Que no me entere yo de que os coméis un camembert frío y reseco.




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