jueves, 9 de abril de 2026

Y lloraré si quiero

Y lloraré si quiero. 68 x 58 cm. Cosido, bordado y acolchado a mano.

 

 

"It's my party and I'll cry if I want to"; eso es lo que cantaba Lesley Gore en la que es probablemente su canción más conocida, y que no todo el mundo sabe que tiene una segunda parte llamada Judy's turn to cry en la que Johnny deja a Judy y vuelve con ella a pesar de haberle amargado la fiesta en la primera canción. Cosa que a Lesley en realidad debía de darle igual porque era lesbiana. 




Pero volviendo a la fiesta y las lágrimas: ¿qué es eso de que no puedo llorar en mi propia fiesta? Las fiestas siempre han sido un espacio propicio para las lágrimas, ya sea porque hay una Judy o un Johnny de por medio o porque el ser humano es amplio y contiene multitudes, que decía Walt Whitman, y bien merece un digno escenario con su decorado y su música y su máscara de pestañas no resistente al agua; menudo robo al drama eso del waterproof.



Ese momento justo antes del colapso

 



El disco está hecho con la tapa de un envase de helado. I + D


Y así andamos, siempre a un arañazo en la trama de pasar de Yo soy tu gatita a La gata bajo la lluvia, y la que quiera que se contenga y la que no, que llore si quiere. Faltaría más.


 

jueves, 2 de abril de 2026

Repoblar

Repoblar. 108 x 103 cm. Cosida, bordada y acolchada a mano con materiales donados y/o encontrados.



En la entrada anterior hablaba de nuestra parcela y del aprendizaje que está suponiendo el observar de forma continuada cómo funciona la Naturaleza a nuestro alrededor, con o sin nuestra intervención. La palabra regenerar, que estuvo presente desde un principio -incluso antes de dar con el sitio, cuando nos topábamos con tremendos secarrales- se ha ido abriendo paso hasta ponerse al frente y al centro; pero sin duda una de las palabras que más hemos oído en estos años ha sido repoblar, y ambas van, o deberían ir, de la mano.




Repoblación, España vaciada, vuelta a lo rural, descentralización, oportunidades de emprendimiento... son conceptos que venimos escuchando desde hace tiempo y no quiero disertar sobre ello porque es un tema con demasiadas dimensiones y recovecos, pero sí puedo decir que ahora tengo algunos datos de primera mano que me dan una perspectiva más amplia sobre el tema. Y antes de continuar siento que debo hacer dos aclaraciones: la primera es que mi participación en el entorno rural (un pueblo relativamente remoto de menos de 500 habitantes) es muy habitual pero no continuada; la segunda es que desde el principio mi planteamiento fue bastante realista y alejado de romanticismos sobre la vida en el campo, porque aquí una poetiza pero no romantiza. Esto significa que no me he llevado grandes decepciones, pero sí estoy confirmando grandes realidades; y éstas podrían resumirse perfectamente en las palabras de una mujer de un pueblo vecino con la que charlamos un rato, y que venían a decir que la estrategia principal no debería ser atraer población nueva a esos lugares, sino mejorar la calidad de vida de quienes ya están allí para que no se marchen.

Boom.



Me quedé tiesa como este arrendajo


Repoblar es mucho más que aumentar el censo; al igual que sucede con el suelo, no se puede pretender que algo prospere en una tierra empobrecida. Algunas de las tácticas que se plantean son más bien superficiales -el turismo, la estética, el cómo se percibe el lugar desde fuera para atraer visitantes, residentes e inversores-, pero sin regenerar la base resulta complicado. La gente no necesita más #bésameenestaesquina pintados en las calles ni más lavados de cara que se reproducen como franquicias por todos los pueblos de interior. Aspectos como la identidad, la comunidad y una cierta independencia en materia de servicios básicos son clave. Y, a una escala menor, los núcleos rurales están sufriendo problemas muy parecidos a los que aquejan a las ciudades. Las largas manos del capitalismo también suben montañas.



Éstas son algunas de las cuestiones que me planteaba mientras cosía este tapiz (luego vinieron muchas más, no me iba a quedar yo tranquila). No se trata de anclarse al pasado, sino de recuperar lo que sí funcionaba, lo propio, sin barnices ni planes diseñados en un despacho que acaban dejando un regusto a sucedáneo. Devolver el poder a quien nunca debió dejar de tenerlo. ¿Cómo?



Como dije antes, es un tema complejo y no tengo todos los datos ni mucho menos las respuestas, solo un montón de preguntas que crece a medida que aprendo a abordar (y a bordar) las cosas con honestidad y a dejar espacio para equivocarme. ¿Qué hay realmente detrás de mis ideas preconcebidas? ¿Qué podría aportar yo? ¿Qué significa pertenecer? ¿Qué estoy perpetuando, para bien y para mal? En fin, una debe llevar el peso de sus decisiones, y yo decidí hacer una almazuela de pana que pesa una tonelada, pero aquí hemos venido a experimentar sin garantía de éxito. Y eso ya es un éxito en sí mismo.


lunes, 2 de marzo de 2026

La tierra da sin que se lo pidas

Desde hace casi tres años nos ocupamos de un trozo de tierra entre las montañas con más voluntad que pericia; poco a poco, como nos dicen siempre nuestros vecinos de parcela. Lo digo así como si nada pero ha sido todo un viaje, una aventura que daría para un blog aparte, un aprendizaje a muchos niveles empezando por el que está precisamente bajo nuestros pies. Más o menos hemos llegado a un entendimiento: yo no le pido mucho, o al menos no más de lo que me puede ofrecer en este momento; sin ánimo de ofender, la nuestra es una tierra más bien difícil, empobrecida. Claro que podría dar más, con más agua, más fertilizantes, más atenciones, siempre más, pero en lugar de eso hemos preferido darle tiempo y libertad, y ella, generosa, nos está correspondiendo.



Bordado que hice en el XIII Foro Feminista Rural de Benarrabá con el Laboratorio de Rescate Alimentario La ReAl, donde reflexionamos sobre la memoria alimentaria, la producción local y el aprovechamiento
(foto cedida por ellas)



Y es que, mientras andábamos frustrados por brotes que no prosperaban (en parte por inexperiencia y en parte por circunstancias que no siempre dependían de nosotros), iban creciendo a nuestro alrededor montones de plantas comestibles silvestres, autoinvitadas silenciosas que hemos ido descubriendo e identificando con el tiempo. Al principio eran anecdóticas, apenas una muestra aquí y allá, pero hemos observado que van aumentando en número y tamaño hasta convertirse en parte casi diaria de nuestra alimentación allí. Hasta la fecha hemos identificado (esto es muy importante) y degustado de diferentes formas ortiga, colleja, diente de león, mostaza, rabaniza, ajete, ombligo de venus, borraja, amargón, acedera, malva e hinojo, si no me olvido de ninguna. Las ortigas son de mis preferidas, con un sabor que me recuerda ligeramente al de las algas; además, mi vecina detesta que le crezcan en la entrada de su parcela, así que yo me encargo de quitárselas y todas contentas.




Se trata de plantas que antiguamente se consumían con regularidad, mayormente por una cuestión de subsistencia, pero que han ido cayendo en desuso hasta ser consideradas malas hierbas que entorpecen otros cultivos más provechosos. Una injusticia y un sinsentido teniendo en cuenta no solo que aportan sabor y una alta cantidad de nutrientes (como la ortiga, que es rica en hierro, o el diente de león, aprovechable en su totalidad y fuente de vitaminas), sino que -y esto cobra una nueva importancia- no requieren grandes recursos. Son libres, descaradas y autogestionadas; saben dónde crecer y propagarse; las tomas o las dejas, pero no puedes negar que son una discreta bofetada al sistema agroalimentario actual.



Arroz con ortiga y mostaza envuelto en hoja de acedera



Fusilli con ajetes



Ortigas listas para escaldar 



Flores de diente de león y borraja


Observar, equilibrar y respetar están siendo las herramientas más eficaces en nuestro caso, y la materia orgánica uno de los recursos más valiosos y menos costosos. De manera lenta pero constante, la tierra que empezamos a llamar nuestra tres años atrás se va transformando en algo diferente, más verde y más vivo, y me gusta recorrerla y descubrir los pequeños grandes cambios que van dando forma a esta convivencia. Después de varios intentos infructuosos por introducirlo, ha crecido una matita de lentisco por su cuenta. "¿Y para qué quieres lentisco, si eso no se come?", me decía mi vecina. Pues porque es parte del equilibrio, un equilibrio que va más allá de poseer y explotar una parcela de tierra.




La vida en el campo me está dando muchas lecciones, pero ésta al menos sabe a gloria.


martes, 17 de febrero de 2026

Consentida

Hace muchos años fui a un evento en compañía de las amigas de unas amigas, y una de ellas quiso saber por qué sobresalía de mi bolso una varita con una estrella de purpurina, de estas que venden como complemento para disfraces de hada. Aquel día me había parecido una buena idea llevarla, del mismo modo que otras veces me plantaba una tiara y unos calentadores de rayas tejidos por mi abuela para salir. La chica insistía en saber por qué, cuál era su propósito y su función, y yo me sentía como si tratara de comunicarme con delfines mientras le explicaba que la razón era, básicamente, que quería hacerlo.

Esta anécdota no ha dejado de repetirse de una u otra forma a lo largo de mi vida. Alguna vez, cuando le he echado muchísimas horas y puntadas a algo que no tenía una función concreta, me han preguntado para qué era. ¿Iba a venderlo? ¿A exponerlo? ¿Cuál era el objetivo? Y es una cuestión con la que he llegado a buenos términos, o al menos he podido darle una respuesta más definida: lo que hago -lo que hacemos- no siempre tiene que tener un objetivo, pero sí un sentido; algo un poco más complicado de explicar porque es tremendamente personal y, en la mayoría de los casos, asunto de nadie más que de una misma.


                                                      Libros textiles, el colmo de la "inutilidad"


Una cosa así desbarata todo lo que hemos aprendido, claro. Funcionamos basándonos en un plan y emprendemos una carrera que tiene una meta clara, un objetivo manifiesto que no podemos perder de vista porque es lo que da sentido a todo lo demás, corriendo el riesgo de sembrar el camino de sinsentidos y ver pasar los días como una sucesión de números y casillas marcadas. Y los días, con todo lo que contienen, deberían pertenecernos. El sentido debería pertenecernos sin que nos reprochen que somos unas consentidas, porque el problema no es que pidamos mucho -ser-, sino que se nos deja espacio para muy poco. Y que conste que yo hablo desde el privilegio.

Cuando se trata de crear, el para qué no siempre está al principio de la lista de motivos. O sí, pero se sale de los estrechos esquemas productivistas. Lo haces porque te libera, te acompaña o te divierte. Porque te nace, porque tienes una idea correteando por tu mente y quiere salir y ver mundo, hacerse realidad y existir, ¿quién le dice que no? 

Muchas veces hago algo en completa soledad y en el más absoluto anonimato que tiene más sentido para mí que cualquier reconocimiento o remuneración, y por el poder que me otorga mi varita de purpurina me declaro reina y soberana de mí misma: siento, pienso, actúo, existo, y algún día dejaré de hacer todo eso, pero mientras tanto vamos a darle sentido porque si no -ahora sí- para qué.

jueves, 5 de febrero de 2026

Ajolá

Ajolá 58 x 43 cm. Cosido, bordado y acolchado a mano. Ésta fue la primera almazuela que terminé en 2025 (sí, actualizo esto a pedales y al tuntún), y viéndolo en perspectiva parece que fue un buen presagio porque, como conté hace poco, fue un año bastante benévolo.



El término ojalá viene del árabe wa šá lláh ("y Dios ha querido" o "Dios quiera") y expresa el deseo que que algo suceda; una palabra preciosa que ha derivado en otra aun más bonita y expresiva: ajolá. Esta última, aunque se usa en muchos lugares diferentes, me gusta especialmente porque es muy de aquí, de Andalucía, y sobre todo muy de señora. Nadie exclama un "ay...¡ajolá!" como una señora charlando con otra en la cola de la farmacia. Suena a palabra mágica, a sortilegio, y yo quiero encaminar mis esfuerzos a convertirme en una señora que va por ahí bendiciendo a la gente con ajolás.






Además de la amalgama habitual de textiles recuperados, que esta vez incluye retales de vestidos de flamenca, el bajo del pantalón de pijama de la madre de una amiga y una camisa de rayas que por alguna razón que aun no comprendo me ponía cuando tenía diecinueve o veinte años, he incluido este buhíto de la suerte que me encontré dando un paseo y que es idéntico al que solía llevar en mi saquito de amuletos para los exámenes, porque una es mujer de fe y ha sido educada en la palabra de El libro de la suerte de Superpop.




Detalle secreto

Mientras la cosía sonaba una y otra vez en mi cabeza "Oxalá" de Madredeus y me preguntaba si habrá señoras portuguesas que también exclamen "axolá!". 

Oxalá, que a vida me corra bem, oxalá
Oxalá, que a tua vida também
Oxalá, o Carnaval aconteça, oxalá
Oxalá, o povo nunca se esqueça

"Ojalá que la vida me vaya bien, ojalá

Ojalá que tu vida también

Ojalá haya Carnaval, ojalá

Ojalá el pueblo nunca olvide"



Ajolá que sí.



jueves, 29 de enero de 2026

Vienen

El camembert hay que sacarlo de la nevera con el tiempo suficiente para que el centro se derrita un poco, que quede fluido, coulant. Lo leí hace años, lo probé y de ahí ya no me baja nadie. Hasta merecía la pena bordarlo, y así lo hice en esta pieza que titulé Vienen. 61 x 35 cm. Aplique, bordado, acolchado y punto a dos agujas; todo a mano.




Cosí esta pieza durante el verano de 2024 a partir de una merienda real con amigos. Yo tenía runrún por dentro -no hay más que verme la carita- pero puse todo mi esmero en apañar una mesa primorosa con un ramillete y preparar algunas cosas ricas, ¿por qué no? Estar preocupada, enfadada o, bueno, jodida así en general no debería ser incompatible con echarle un poco de encanto a la cosa. De hecho, diría que es incluso recomendable, y que la dedicación debe ser directamente proporcional al nivel de fastidio. No va a solucionar el problema -de eso ya nos ocuparemos cuando toque-, pero al menos nos va a reconfortar y cuando una está reconfortada es mucho más fácil (y sensato) tomar decisiones. Acción, belleza y amor contra la desazón.



Todo lo que usé fueron materiales recuperados, como es habitual. La tela azul marino es parte de un pantalón y quise respetar su forma tal cual era. Hay retales de vestidos de mi madre y de mi amiga Elena, y una pulserita con la bandera española que encontré en la playa y a la que añadí un pedacito de tela de flores. Creo que hasta la lana roja fue donada. Cuando hube terminado me di cuenta de que al colgarla quedaba irremediablemente torcida, y después de muchas vueltas decidí que me encantaba así. También yo estaba torcida ese día y celebrar aquella merienda fue la mejor decisión.




Que no me entere yo de que os coméis un camembert frío y reseco.

sábado, 24 de enero de 2026

Dos mil veintiséis

                   
Habiendo nacido el siglo anterior, 2026 es un número que impresiona un poco, y henos aquí como si nos hubieran teletransportado. Yo seré muchas cosas, pero dramática la primera.

Sin querer hacer balance ni entrar en detalles muy personales, terminé 2025 bastante contenta, pero sobre todo profundamente agradecida. Mi salud mental fue precaria durante mucho tiempo y el año pasado fue el primero que sentí diferente, no porque hiciera cosas extraordinarias sino porque por fin pude ver cuánto había aprendido y fui capaz de ponerlo en práctica. Sentir y aprender: si solo puedo destacar esas dos cosas de estos meses atrás ya me siento tremendamente afortunada, porque las tuve a manos llenas. Algunas me removieron tanto por dentro que no deja de sorprenderme que por fuera apenas se percibiera un temblor.

                                         

Y ahora, ¿qué? Para empezar, superar una superstición: la de inaugurar el año con grandes esperanzas registradas por escrito y temer acabar perdida, sin rumbo y en el lodo. Ya me sucedió en el pasado y pensé que me pasaba por chula, como si hubiera algún tipo de correlación lógica, una cruel justicia cósmica que castigara a quienes esperan que las cosas salgan...bien. Tampoco es que le pida tanto a estos doce meses. De hecho me lo pido a mí misma. Coser mucho, escribir más, superar también el pudor de compartir lo que escribo -poemas sobre todo. Existir, algo que me resultaba complicado años atrás. Y, de nuevo, sentir y aprender; eso siempre. Sin hartura.