martes, 17 de febrero de 2026

Consentida

Hace muchos años fui a un evento en compañía de las amigas de unas amigas, y una de ellas quiso saber por qué sobresalía de mi bolso una varita con una estrella de purpurina, de estas que venden como complemento para disfraces de hada. Aquel día me había parecido una buena idea llevarla, del mismo modo que otras veces me plantaba una tiara y unos calentadores de rayas tejidos por mi abuela para salir. La chica insistía en saber por qué, cuál era su propósito y su función, y yo me sentía como si tratara de comunicarme con delfines mientras le explicaba que la razón era, básicamente, que quería hacerlo.

Esta anécdota no ha dejado de repetirse de una u otra forma a lo largo de mi vida. Alguna vez, cuando le he echado muchísimas horas y puntadas a algo que no tenía una función concreta, me han preguntado para qué era. ¿Iba a venderlo? ¿A exponerlo? ¿Cuál era el objetivo? Y es una cuestión con la que he llegado a buenos términos, o al menos he podido darle una respuesta más definida: lo que hago -lo que hacemos- no siempre tiene que tener un objetivo, pero sí un sentido; algo un poco más complicado de explicar porque es tremendamente personal y, en la mayoría de los casos, asunto de nadie más que de una misma.


                                                      Libros textiles, el colmo de la "inutilidad"


Una cosa así desbarata todo lo que hemos aprendido, claro. Funcionamos basándonos en un plan y emprendemos una carrera que tiene una meta clara, un objetivo manifiesto que no podemos perder de vista porque es lo que da sentido a todo lo demás, corriendo el riesgo de sembrar el camino de sinsentidos y ver pasar los días como una sucesión de números y casillas marcadas. Y los días, con todo lo que contienen, deberían pertenecernos. El sentido debería pertenecernos sin que nos reprochen que somos unas consentidas, porque el problema no es que pidamos mucho -ser-, sino que se nos deja espacio para muy poco. Y que conste que yo hablo desde el privilegio.

Cuando se trata de crear, el para qué no siempre está al principio de la lista de motivos. O sí, pero se sale de los estrechos esquemas productivistas. Lo haces porque te libera, te acompaña o te divierte. Porque te nace, porque tienes una idea correteando por tu mente y quiere salir y ver mundo, hacerse realidad y existir, ¿quién le dice que no? 

Muchas veces hago algo en completa soledad y en el más absoluto anonimato que tiene más sentido para mí que cualquier reconocimiento o remuneración, y por el poder que me otorga mi varita de purpurina me declaro reina y soberana de mí misma: siento, pienso, actúo, existo, y algún día dejaré de hacer todo eso, pero mientras tanto vamos a darle sentido porque si no -ahora sí- para qué.

jueves, 5 de febrero de 2026

Ajolá

Ajolá 58 x 43 cm. Cosido, bordado y acolchado a mano. Ésta fue la primera almazuela que terminé en 2025 (sí, actualizo esto a pedales y al tuntún), y viéndolo en perspectiva parece que fue un buen presagio porque, como conté hace poco, fue un año bastante benévolo.



El término ojalá viene del árabe wa šá lláh ("y Dios ha querido" o "Dios quiera") y expresa el deseo que que algo suceda; una palabra preciosa que ha derivado en otra aun más bonita y expresiva: ajolá. Esta última, aunque se usa en muchos lugares diferentes, me gusta especialmente porque es muy de aquí, de Andalucía, y sobre todo muy de señora. Nadie exclama un "ay...¡ajolá!" como una señora charlando con otra en la cola de la farmacia. Suena a palabra mágica, a sortilegio, y yo quiero encaminar mis esfuerzos a convertirme en una señora que va por ahí bendiciendo a la gente con ajolás.






Además de la amalgama habitual de textiles recuperados, que esta vez incluye retales de vestidos de flamenca, el bajo del pantalón de pijama de la madre de una amiga y una camisa de rayas que por alguna razón que aun no comprendo me ponía cuando tenía diecinueve o veinte años, he incluido este buhíto de la suerte que me encontré dando un paseo y que es idéntico al que solía llevar en mi saquito de amuletos para los exámenes, porque una es mujer de fe y ha sido educada en la palabra de El libro de la suerte de Superpop.




Detalle secreto

Mientras la cosía sonaba una y otra vez en mi cabeza "Oxalá" de Madredeus y me preguntaba si habrá señoras portuguesas que también exclamen "axolá!". 

Oxalá, que a vida me corra bem, oxalá
Oxalá, que a tua vida também
Oxalá, o Carnaval aconteça, oxalá
Oxalá, o povo nunca se esqueça

"Ojalá que la vida me vaya bien, ojalá

Ojalá que tu vida también

Ojalá haya Carnaval, ojalá

Ojalá el pueblo nunca olvide"



Ajolá que sí.



jueves, 29 de enero de 2026

Vienen

El camembert hay que sacarlo de la nevera con el tiempo suficiente para que el centro se derrita un poco, que quede fluido, coulant. Lo leí hace años, lo probé y de ahí ya no me baja nadie. Hasta merecía la pena bordarlo, y así lo hice en esta pieza que titulé Vienen. 61 x 35 cm. Aplique, bordado, acolchado y punto a dos agujas; todo a mano.




Cosí esta pieza durante el verano de 2024 a partir de una merienda real con amigos. Yo tenía runrún por dentro -no hay más que verme la carita- pero puse todo mi esmero en apañar una mesa primorosa con un ramillete y preparar algunas cosas ricas, ¿por qué no? Estar preocupada, enfadada o, bueno, jodida así en general no debería ser incompatible con echarle un poco de encanto a la cosa. De hecho, diría que es incluso recomendable, y que la dedicación debe ser directamente proporcional al nivel de fastidio. No va a solucionar el problema -de eso ya nos ocuparemos cuando toque-, pero al menos nos va a reconfortar y cuando una está reconfortada es mucho más fácil (y sensato) tomar decisiones. Acción, belleza y amor contra la desazón.



Todo lo que usé fueron materiales recuperados, como es habitual. La tela azul marino es parte de un pantalón y quise respetar su forma tal cual era. Hay retales de vestidos de mi madre y de mi amiga Elena, y una pulserita con la bandera española que encontré en la playa y a la que añadí un pedacito de tela de flores. Creo que hasta la lana roja fue donada. Cuando hube terminado me di cuenta de que al colgarla quedaba irremediablemente torcida, y después de muchas vueltas decidí que me encantaba así. También yo estaba torcida ese día y celebrar aquella merienda fue la mejor decisión.




Que no me entere yo de que os coméis un camembert frío y reseco.

sábado, 24 de enero de 2026

Dos mil veintiséis

                   
Habiendo nacido el siglo anterior, 2026 es un número que impresiona un poco, y henos aquí como si nos hubieran teletransportado. Yo seré muchas cosas, pero dramática la primera.

Sin querer hacer balance ni entrar en detalles muy personales, terminé 2025 bastante contenta, pero sobre todo profundamente agradecida. Mi salud mental fue precaria durante mucho tiempo y el año pasado fue el primero que sentí diferente, no porque hiciera cosas extraordinarias sino porque por fin pude ver cuánto había aprendido y fui capaz de ponerlo en práctica. Sentir y aprender: si solo puedo destacar esas dos cosas de estos meses atrás ya me siento tremendamente afortunada, porque las tuve a manos llenas. Algunas me removieron tanto por dentro que no deja de sorprenderme que por fuera apenas se percibiera un temblor.

                                         

Y ahora, ¿qué? Para empezar, superar una superstición: la de inaugurar el año con grandes esperanzas registradas por escrito y temer acabar perdida, sin rumbo y en el lodo. Ya me sucedió en el pasado y pensé que me pasaba por chula, como si hubiera algún tipo de correlación lógica, una cruel justicia cósmica que castigara a quienes esperan que las cosas salgan...bien. Tampoco es que le pida tanto a estos doce meses. De hecho me lo pido a mí misma. Coser mucho, escribir más, superar también el pudor de compartir lo que escribo -poemas sobre todo. Existir, algo que me resultaba complicado años atrás. Y, de nuevo, sentir y aprender; eso siempre. Sin hartura. 

miércoles, 19 de noviembre de 2025

¿Qué hacemos con el poliéster?

El grupo de la última fila aun no se ha enterado, pero creo que estaremos de acuerdo en que ya hemos tenido suficiente plástico: un material que procede del petróleo con todo lo que ello implica, con una vida útil a veces muy limitada y difícilmente reparable (como es el caso de herramientas, utensilios o juguetes) en comparación con otros materiales, y una vida inútil -el proceso de degradación- aparentemente eterna. Quizá nunca fue una buena idea, o quizá debió aplicarse solo a lo estrictamente necesario. El hecho es que está aquí y no es tarea fácil librarse de él.

Cuando empecé a trabajar con textiles me hacía feliz la idea de no producir residuos, aprovechando cada minúsculo retal y guardando los recortes para usarlos como relleno. Pero ¡ah!, yo pensaba a corto, muy corto plazo, hasta que la realidad vino a sacudirme: ¿cuántas de esas fibras eran de origen natural y acabarían desapareciendo sin dejar apenas rastro, y cuántas no? ¿Qué consecuencias tendrían su producción, mantenimiento y posterior descarte? Y como yo soy muy aficionada a atormentarme, se inició una lenta pero imparable avalancha de tormentos éticos. 



Aquí se aprovecha todo


Por ejemplo -y éste era de los gordos- la toma de conciencia de que ya existen demasiados textiles cubriendo nuestros cuerpos, nuestros hogares, los mercadillos de segunda mano, los espacios naturales, los contenedores, los vertederos que ocupan extensiones vergonzosas de terreno en zonas desérticas o allá donde no podamos verlos ni ser perturbados por su obscena presencia. Aquello fue un punto de inflexión para mí; dejé de comprar materiales nuevos -a excepción del hilo- y me dediqué a usar lo que había ido acumulando durante años y lo que iba encontrando por el camino, a veces en forma de retazos o prendas en desuso donados por personas de mi entorno y otras veces, literalmente, cosas que encontraba en la calle, en la playa o en el campo. Lejos de mermar las posibilidades, la limitación de recursos dispara la creatividad, y un montoncito aleatorio de retales me hacía más chispas en el cerebro que toda una tienda de telas, mi antiguo paraíso.

Antes, cuando compraba telas nuevas, la solución parecía fácil: optar por algodón, lino y fieltro de lana, que a veces venían de muy lejos porque no tenía la posibilidad de comprarlos localmente. Pero a la hora de rescatar textiles no discrimino; he convertido en mi estúpido deber impedir que la prenda o el retal en cuestión acabe siendo parte no invitada del ecosistema, especialmente si se trata de material sintético. ¿Un trozo de tela vaquera? En unos años podría desintegrarse. Pero ese vestido de poliéster va a estar dando vueltas y repartiendo microplásticos hasta quién sabe cuándo. 


     



Rana hecha a partir de una corbata de disfraz que encontré paseando a la mañana siguiente de Halloween


Evidentemente, una de las soluciones para detener este despropósito sería dejar de fabricar prendas con tejidos sintéticos. La siguiente, más peliaguda, sería reducir considerablemente la producción textil y poner el foco en la recuperación y el aprovechamiento de lo que ya hay, lo que requeriría, entre muchas otras cosas, toda una reeducación en materia de consumo. Y aun así, aunque mañana despertáramos en un mundo concienciado y danzáramos en corro con túnicas hechas de retales y remiendos, las fibras sintéticas que se han empleado durante décadas seguirían estando aquí, y no podemos negar su existencia.

Siempre que me planteo estas cuestiones me vienen a la mente dos publicaciones ajenas entre sí que vi hace ya años: la primera era de una artista muñequera que en la descripción de sus productos aclaraba que sus piezas estaban rellenas de lana de oveja porque -y cito casi textualmente- no pensaba rellenar sus muñecas con ninguna porquería de plástico. La segunda era de otra artista que rellenaba sus esculturas textiles con bolsas, en un país donde el reciclaje de plásticos no era lo que se dice accesible. Dos formas completamente diferentes y válidas de abordar el tema, pero no puedo evitar juzgar que al menos una de ellas no juzgaba. Bastante hacemos con tratar de solventar un problema heredado.

Así pues, ¿qué hacemos con el poliéster? Es una pregunta que no se me despega, pero he asumido que, por el momento, no tengo la respuesta. Es más, ni siquiera nos corresponde  a mí o a ti responder a tan abrumadora pregunta más allá de ser conscientes y actuar con criterio. Mientras tanto, seguiré recolectando pedacitos de tela y transformándolos en muñecas o tapices para aplazar un poco más su inevitable y controvertido final.


jueves, 6 de noviembre de 2025

Ajelarre

Bienvenidas a mi Ajelarre, 36 x 43 cm de aplique, bordado a mano, punto a palillos de dientes (!) y acolchado. Ya tiene unos años, pero como mi actividad bloguera ha sido más bien inconsistente se había quedado en el fondo de la olla a la espera de que le pusiera palabras.






La cocina y la magia han guardado una estrecha relación a lo largo de los siglos; de hecho, dudo que la una pueda existir sin la otra. En los morteros y fogones confluyen una serie de saberes transmitidos de todas las formas que la comunicación humana hace posible, perlas de conocimiento ancestral que a primera vista pueden tener el humilde aspecto de un trozo de papel lleno de salpicaduras y faltas de ortografía. Pero, ¿es magia o ciencia? Principios activos, procesos que transforman la estructura de la materia, métodos de conservación... ¿qué es la cocina, sino ciencia? 

Hace tiempo, justo el día de mi cumpleaños, fui invitada por la asociación Almunia a colaborar en un taller destinado a la confección de una colcha colectiva llamada El jardín de las mujeres mientras se debatía en torno a la alimentación. Ese día el grupo estaba formado por mujeres mayores, y yo, que no he sido bendecida con el don de la oratoria, me vine muy arriba y afirmé que, probablemente, ninguna de nosotras se definiría como una mujer de ciencias, pero es ciencia lo que hacemos cada día en la cocina. Cuando pregunté qué se le añade al potaje para que no resulte indigesto, la respuesta fue inmediata y unánime: comino. Lo aprendes, lo compruebas, lo aplicas. Lo sabes, y otras lo sabrán después de ti. No dominas la terminología técnica e igual no conoces el proceso exacto, pero sabes que el agua hirviendo que endurece un huevo hace que la patata se ponga tierna, y que la forma de cortar esa patata habrá sido determinante para que libere más o menos almidón, según los requerimientos del plato.




Y sin embargo, en esa especie de laboratorio doméstico hay algo más. Hay rituales, tan integrados en nuestra cotidianidad que ni los percibimos. Secretos compartidos, o no. Confesiones y confabulaciones surgidas del trance al que induce la acción de pelar y cortar repetidamente. El momento pausado y ceremonioso de probar y comprobar si la poción surte efecto, ya sea reconfortar un cuerpo resfriado o unir almas afines alrededor de la mesa. Viajes en el tiempo a lomos de una receta familiar. La gastronomía como talismán. Victoria Beckham niega haberse quejado de que España huele a ajo, y más le vale porque el ajo es nuestro ojo de sapo, ala de murciélago, pelo de unicornio, un verdadero congreso de brujas reunidas en corro bajo la piel blanca como el papel invocando sus múltiples propiedades. 

Además, pasan cosas. Antes de hacerme vegetariana, el puchero de mi abuela materna era mi plato favorito en el mundo, y por más que mi madre usaba exactamente los mismos ingredientes y seguía escrupulosamente la receta, mi veredicto y el de mi hermano eran invariables: "Está bueno, pero no sabe igual". Será el agua, decíamos. En cambio, mi pareja, que nunca conoció a mi abuela paterna, hace unas patatas fritas idénticas a las suyas, y la primera vez que las probé no salía de mi asombro.




No digo nada sobre lo que no se hayan escrito ya infinidad de páginas o hayáis comprobado vosotras mismas. En su libro Cómo cocinar un lobo, la escritora M.F.K. Fisher afirma que es precisamente en tiempos difíciles cuando el hecho de poner atención al acto de nutrirnos cobra especial importancia y nos devuelve la dignidad, y que ese crecimiento gastronómico será la base sobre la que podrá prosperar el resto de cosas.

Tal es el poder que esconde la cocina.


lunes, 2 de septiembre de 2024

Quién me manda

 Empecé esta pieza a las tres de la madrugada por razones evidentes.




Que sí, que le falta la tilde en "quién", y ya está corregido pero hice las fotos antes de reparar en ese detalle y si no lo aclaro me moriré.




La fina ironía de usar tela de una sábana vieja


qué Qué QUÉ terrible es querer y no poder dormir, sean cuales sean los motivos. El insomnio me ha acompañado de diferentes formas a lo largo de la vida, y ya de pequeña me costaba horrores conciliar el sueño. "Eres un buhíto", me decía mi abuela, que daba cabezadas en el sofá mientras yo seguía con los ojos como platos.

Pero, dejando a un lado cosas tan mundanas como la absoluta necesidad de descansar para funcionar como un ser humano decente, el insomnio es como vivir dos veces, o como tener dos vidas paralelas: la cotidiana y la que transcurre en todas esas horas en las que deberías estar durmiendo. Grandes revelaciones y momentos que nadie más que una misma debería presenciar han surgido de esas horas intempestivas. Esa vida extra sin las interrupciones propias del día me ha dado, además, la oportunidad de aprender, de acceder a una formación no oficial a base de películas, documentales, textos, canciones que se perciben de manera muy diferente en ese estado de alteración de la mente producido por la falta de sueño. A la luz del día siguiente todo palidecerá un poco como el color de una cortina a la que le ha dado mucho el sol, pero siempre queda un poso y en gran parte estoy hecha de los posos de lo que vi con una claridad inexplicable durante esas horas en vela.



Con estos ojitos lo vi


La noche es de los que se aman, pero también de los que no se soportan a sí mismos ni al mundo y necesitan un descanso, aunque no sea en forma de sueño reparador. Hay sitio para todos.