La Zurcidora. 60 cm. Cosida, bordada y acolchada a mano con telas recuperadas y donadas, botones, carrete de hilo* y púa de naranjo amargo.
Hace unos días os hablaba de la almazuela que me aceptaron en Hilaku cuando me lancé a buscar un sí mientras todo en mí decía que no. Y bueno, encontré mi sí más un extra, porque al año siguiente me invitaron a participar en el Salón de Muñecas de Artista que se celebra desde hace unos años en el marco del evento, lo cual, como amante de las muñecas que soy, me hizo una ilusión tremenda.
Elegí hacer una muñeca plana (uno de mis formatos preferidos) y dar otro salto de fe: incluir un poema bordado. Un poema mío, pequeñito pero mío. Puede que no parezca gran cosa, pero mi actividad poética es proporcional a mi pudor, y sacarla a la luz es un paso que me cuesta mucho, mucho dar. Me sobran dedos de una sola de mis manitas hacendosas si enumero cuántas personas han leído alguno de mis poemas, al margen de los que he ido bordando de tanto en tanto. Con entusiasmo diseñé la muñeca, hice las plantillas, las diferentes puntadas, el ensamblaje, incluso fabriqué una aguja a partir de una púa de naranjo amargo. También me peleé con una mancha que no sé de dónde había salido. Pero lo más difícil fue poner una combinación de palabras de mi propia cosecha a la vista de cualquiera. Ni siquiera bordarla; mostrarla.
Ése es uno de mis todavías; uno de muchos, espero. Hay que bordarse todavías, todos los días, todo el tiempo. Antes de convertirme en mi propia zurcidora, tuve una racha en la que me era imposible imaginar, y ya ni hablemos de desear. En blanco. La red neuronal en obras. Para alguien con una imaginación desbordante -a veces absorbente- como la mía, aquello era una lesión gravísima. Se me habían roto los todavías, y sin ellos la calidad de vida merma considerablemente: una se levanta y lo que ve ante sí es un largo y ancho pasillo de hormigón. No hablo de cumplir objetivos ni de perseguir grandes logros, sino más bien de una colección de pequeños deseos, de cosas por las que caminar y hacia las que avanzar con ganas y que te mantengan despierta, consciente. Viva. Que te enciendan lucecitas de navidad por dentro.
Es una labor diaria, como dice el poema. Los zurcidos también se gastan a veces y hay que rezurcirlos, o te sale un roto por cualquier otro lado. La vida es un tejido en constante uso y esas cosas pasan. Está bien. No podemos evitar que las cosas se rompan o se gasten -sería como intentar dormir la siesta en uno de esos sofás forrados con plástico de los 70-, pero aprender a reparar es una cuestión de supervivencia. Sobre todo cuando se trata de repararse una misma.
Hay que zurcirse las costuras. Y bordarse todavías.
*el carrete de hilo está pasado y por tanto inservible para coser. No seré yo quien use un carrete entero perfectamente útil con fines decorativos. Aquí se aprovecha todo, señora.































