lunes, 2 de marzo de 2026

La tierra da sin que se lo pidas

Desde hace casi tres años nos ocupamos de un trozo de tierra con más voluntad que pericia; poco a poco, como nos dicen siempre nuestros vecinos de parcela. Lo digo así como si nada pero ha sido todo un viaje, una aventura que daría para un blog aparte, un aprendizaje a muchos niveles empezando por el que está precisamente bajo nuestros pies. Más o menos hemos llegado a un entendimiento: yo no le pido mucho, o al menos no más de lo que me puede ofrecer en este momento; sin ánimo de ofender, la nuestra es una tierra más bien difícil, empobrecida. Claro que podría dar más, con más agua, más fertilizantes, más atenciones, siempre más, pero en lugar de eso hemos preferido darle tiempo y libertad, y ella, generosa, nos está correspondiendo.



Bordado que hice en el XIII Foro Feminista Rural de Benarrabá con el Laboratorio de Rescate Alimentario La ReAl, donde reflexionamos sobre la memoria alimentaria, la producción local y el aprovechamiento
(foto cedida por ellas)



Y es que, mientras andábamos frustrados por brotes que no prosperaban (en parte por inexperiencia y en parte por circunstancias que no siempre dependían de nosotros), iban creciendo a nuestro alrededor montones de plantas comestibles silvestres, autoinvitadas silenciosas que hemos ido descubriendo e identificando con el tiempo. Al principio eran anecdóticas, apenas una muestra aquí y allá, pero hemos observado que van aumentando en número y tamaño hasta convertirse en parte casi diaria de nuestra alimentación allí. Hasta la fecha hemos identificado (esto es muy importante) y degustado de diferentes formas ortiga, colleja, diente de león, mostaza, rabaniza, ajete, ombligo de venus, borraja, amargón, acedera, malva e hinojo, si no me olvido de ninguna. Las ortigas son de mis preferidas, con un sabor que me recuerda ligeramente al de las algas; además, mi vecina detesta que le crezcan en la entrada de su parcela, así que yo me encargo de quitárselas y todas contentas.




Se trata de plantas que antiguamente se consumían con regularidad, mayormente por una cuestión de subsistencia, pero que han ido cayendo en desuso hasta ser consideradas malas hierbas que entorpecen otros cultivos más provechosos. Una injusticia y un sinsentido teniendo en cuenta no solo que aportan sabor y una alta cantidad de nutrientes (como la ortiga, que es rica en hierro, o el diente de león, aprovechable en su totalidad y fuente de vitaminas), sino que -y esto cobra una nueva importancia- no requieren grandes recursos. Son libres, descaradas y autogestionadas; saben dónde crecer y propagarse; las tomas o las dejas, pero no puedes negar que son una discreta bofetada al sistema agroalimentario actual.



Arroz con ortiga y mostaza envuelto en hoja de acedera



Fusilli con ajetes



Ortigas listas para escaldar 



Flores de diente de león y borraja


Observar, equilibrar y respetar están siendo las herramientas más eficaces en nuestro caso, y la materia orgánica uno de los recursos más valiosos y menos costosos. De manera lenta pero constante, la tierra que empezamos a llamar nuestra tres años atrás se va transformando en algo diferente, más verde y más vivo, y me gusta recorrerla y descubrir los pequeños grandes cambios que van dando forma a esta convivencia. Después de varios intentos infructuosos por introducirlo, ha crecido una matita de lentisco por su cuenta. "¿Y para qué quieres lentisco, si eso no se come?", me decía mi vecina. Pues porque es parte del equilibrio, un equilibrio que va más allá de poseer y explotar una parcela de tierra.




La vida en el campo me está dando muchas lecciones, pero ésta al menos sabe a gloria.